Sarna con gusto…

Terminó de atarle las manos a cada esquina de la cama, ella aún seguía luchando, golpeando con sus piernas el pecho del desconocido. Intentaba gritar, se movía con fuerza, pero él era mucho más fuerte que ella, la tenía inmovilizada. Su mirada horrorizada hacía que la excitación de él comenzara a notarse, pasaba sus manos toscas por su pecho, acariciándola levemente, observando como su piel se ponía de gallina, mientras ella se torcía tratando de evitar todo contacto con su profanador.
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Rafael “Muñón” Gonzalez

No era el chico popular de niño, no era agraciado físicamente, sólo sus ojos azules llamaban la atención, tampoco era muy inteligente que digamos. Su adolescencia no fue mejor, en cambio, el accidente que le marcó la vida, ese trágico accidente que le dio el sobrenombre que llevaría por el resto de su vida, ahora sería conocido como Rafael “muñón” . Su brazo izquierdo no pudo ser salvado, quedó tan destrozado… Mejor no entremos en detalles.

Al principio le costó mucho adaptarse a la vida diaria con el muñón, su “marca registrada” como decían sus amigos bromeando, lo que ellos no sabían es que luego se haría famoso por ello. El muñón le quedó un poco por debajo del codo. Su mano, como extrañaba esa mano, que aún sentía que estaba allí, que aún le picaba y atormentaba, afortunadamente era diestro.

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Crónica de un Portón Maldito

Miércoles 13 de abril de 2011. Una noche lluviosa como tantas otras del mes de abril, luego de un refrescante té en Kepén con los amigos, habituales y no habituales, unos pocos decidimos hacer algo diferente para tan mojada noche. Verónica (@veritorp), Kaky (@kakyrp), Rainer (@ironrai) y yo (@sucuba) nos dispusimos a comprar alcohol y dirigirnos a nuestro punto de encuentro, la oficina de Rainer, para socializar y hacer lo propio cuando se van a tomar las bebidas espirituosas. Lo normal es beber y chalequear a los demás, pero como estábamos en una oficina agregamos videos de Youtube a la velada.

Era ya la una de la mañana de ese jueves 14, tan fatídico día. Estábamos listos para retirarnos a nuestras respectivas moradas. Bajamos al, lo que según la voz del ascensor era “segundo subsuelo”, estacionamiento para salir en el carro de Verito. Pero siempre, como en todo cuento de terror y suspenso, se presentan problemas. Para salir de dicho estacionamiento había que cruzar dos portones, el problema se centraba en que ninguno de los cuatro allí presentes tenía llave; así que dependíamos de la buena voluntad de que alguien nos abriera para salir: fueran los vigilantes o un buen samaritano que estuviera llegando o saliendo del conjunto residencial.
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El otro lado

Lorena comenzó a salir con Alejandro apenas se conocieron, a pesar de la atracción sexual la relación no crecía, solo quedaban en eso, amigos con derecho…

Al poco tiempo Alejandro comenzó a enamorarse de ella, se mudaron juntos, a Lorena no le molestó, él era su mejor opción después de tantas traiciones que había sufrido, Alejandro daba todo por ella. Pero no imaginaba que Lorena comenzaría a enamorarse de otro hombre, tan diferente a él, no entendía como podía enamorarse de otro si no salía con alguien más, su trabajo no le permitía mucho tiempo libre y siempre llegaba directo al apartamento.
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El Juego

Mary tenía problemas con el amor, sus novios no le duraban mucho tiempo, 9 meses era lo máximo que un hombre la había soportado. Tampoco se le veía con amistades, podría decirse que Mary era solitaria, y así le gustaba ser.

Las personas q la conocían pensaban que Mary sufría de algún trastorno, en pocas palabras, que estaba loca. Se le veía salir de su casa a varias horas del día de maneras diferentes; en la mañana vestía un vestido sencillo ajustado al cuerpo, con estampados de flores, el cabello suelto y rizado, poco maquillaje. En la tarde vestía jeans y camiseta, botas, el cabello lacio y recogido en una cola y con delineador en los ojos negro. En la noche salía con un vestido corto, tacones de 10 centímetros, el cabello lacio y suelto, los ojos y los labios pintados de rojo. ¿Multifacética?
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El secreto de Andres

Patricia estaba sentada, esperando en el café de siempre, esta vez tomando té, esta vez no esperaba en vano. Se le acercó una chica muy atractiva morena de ojos verdes, se sentó a su lado, saco un cigarrillo y comenzó a fumar. – ¿Dónde estabas? Tengo rato esperándote -. – Disculpa mi cielo, ya sabes, el metro -. Esta era la tercera cita, Patricia sabía lo que significaba, ya había probado esos suaves labios y quería más.
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Samantha y Bernardo

Samantha era una niña frágil con cara de porcelana, piel tersa y suave, pechos generosos a pesar de su corta edad, con su menuda ropa se destacaba de las demás chicas por su temprana sensualidad. No era raro verla con un muchacho ayudándola con los libros o el bolso, tanto era su atractivo que hasta se ofrecían en ayudarla con el mercado. Su boca roja despertaba sentimientos y alentaba a la imaginación de los hombres.

Su indiferencia hacia los chicos la hacía más deseable, su cabello negro en contraste con el color de su piel la hacía simplemente hermosa. Durante mucho tiempo estuvo desinteresada en mantener una relación, nunca habían tocado sus vírgenes labios.
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